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-No hay mal que dure cien años. ¿Pero si durara ochenta? ¿Sesenta? Treinta años serían suficientes para padecer hasta mi muerte, eso seguro. Treinta. Al menos no pierdo el optimismo-. Pensaba Manuel mientras caminaba con paso cansino a pagar sus deudas en el banco, y después hasta el bar en que Alba lo esperaba; resignado con lo que él creía era su destino, su suerte.

Cultivaba, además de algunos yuyos, la creencia de que, cuando las cosas no andan bien (o se cruzan los astros y todo eso) seguramente es porque algo peor viene en camino. Por esto lo único que crecía era la apatía y el desasosiego. También los yuyos, pero ese es otro tema.

Caminando sus problemas por una vereda rota reparó en una moneda de un peso en el piso y cortando el hilo de sus cavilaciones pensó en voz alta “¡Qué culo!”, sin percatarse en la atlética pareja que marchaba al gimnasio, un metro por delante de el. Tanto la chica de calzas blancas como su novio de musculosa con músculos se dieron vuelta con marcada cara de culo.

Sólo el novio lo golpeó.

Con la cabeza a punto de estallar y una mezcla de ardor y comezón en la mejilla derecha se levantó y siguió su marcha. Ya una vez se había ido a las manos, a los diez años, y la verdad no fue demasiado. Pegó primero y por sorpresa, y ahí terminó todo. Ahora es distinto, ahora te tienen que ver pelear los otros y tienen que filmarte con el teléfono. Hay que ser bien hombre para aguantar y dar los golpes, pero también bien hombre para dar bien en cámara.

-Creo que ese me grabó con el celular- se dijo mientras miraba hacia atrás, retomando el paso. -Pendejo de mierda.

A dos cuadras del banco, pero a metros del bar, distinguió a Alba sentada cerca de la ventana. Hablaba por teléfono y reía. Hasta parecía sonrojada por algo picaresco que le estarían diciendo (o al menos eso eligió creer). Las dos mejillas de Manuel se prendieron fuego. Era demasiado por hoy, demasiado revuelto todo. A la mierda el banco.

Dobló en la esquina del bar y no entró, siguió caminando hasta dar la vuelta a la manzana. Volvía a su casa. En el camino ensayaba excusas pensando en lo sucedido como si hubiese que arreglar todo como, si hubiese vuelta atrás. Pero no la había, no para él, no hoy. Todo estaba decidido y quizás se daba cuenta a medida que avanzaba, paso a paso.

Consternado miró a un perro sucio que se le atravesó ladrando a más no poder y se cruzó de vereda. No vio a las tres gitanas que paraban gente para adivinar suerte, pedir cigarrillos o asustar tomándolos de las mangas, obligando a detenerse. Las gitanas, metidas en sus cosas, hablando un dialecto incomprensible, se cruzaron también de vereda. Cruzaron al territorio del perro mugriento que ahora se lamía tirado al borde del cordón.

Nada de esto lo desconcertó. ¿Serían señales? Que importa. Todo terminaría pronto, todo dejaría de tener el mínimo sentido.

Subió rápido a su departamento y supo que no habría vuelta atrás. El bar y Alba, el banco, los atléticos, las gitanas, el perro y la sucesión de hechos que no entraron en el cuadro del almanaque que correspondía a este frío 5 de julio lo llevaban a resolver la situación que lo acechaba. El destino compartido de morirse, nada de otro mundo. Nada más que el otro mundo.

¿Qué es la muerte, sino una costumbre que sabe tener la gente?

Sacó el revolver de su funda, y apoyando el caño frío en la sien, martilló. Era el adiós a la vida, esa cosa tan de siempre, tan amarga y conocida*. Pero el arma no quiso, no quiso la suerte o solo la casualidad, dejar a Manuel decidir. ¿Cargar el revolver era mucho pedir?

 

*La Milonga de Manuel Flores, Jorge Luis Borges. Sin permiso ni licencia, salvo la de su humilde servidor de inspirarse en un grande.

 

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4 thoughts on “Morirse es una costumbre

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