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Cuando en el mundo se vislumbra la sombra de una gran crisis de la civilización (sobre todo occidental), y la gente acosada por el miedo busca refugio en las religiones, parece indicar que la era de la razón se acerca a su fin.

La fe en la ciencia y el progreso que configuraran utopías sociales, económicas y políticas (principalmente estas últimas), típicas de la Modernidad son hoy sólo el recuerdo de cierto optimismo en las capacidades del hombre. Si habláramos de Posmodernidad hablaríamos entonces del fracaso de la Modernidad.

El marcado y justificado individualismo configuró una sociedad vacía de sentido, desencantada de su entorno pero aún lejana a cuestionar causas o consecuencias. El nuevo hombre, el actual, se refugia en la insatisfacción que ha generado la cultura del mercado y el liberalismo. La razón lo ha dejado solo con su desencanto, donde esa soledad pareciera ser el aspecto más gravitante.

El Relativismo es resultado inmediato de esta crisis, donde no hay una verdad absoluta y ésta depende de cada individuo en un espacio, tiempo concreto o intereses. Lo subjetivo impera por sobre lo objetivo, y esa subjetividad puede ser fácilmente moldeable. El sistema capitalista mundial sobrevivió porque supo adaptarse a todo tipo de cambios y principalmente porque supo modificar ese espacio y ese tiempo; modificó el entorno de acuerdo a sus intereses. La manipulación se hizo moneda corriente y a través de la implantación de pseudo necesidades y de la narcotización de las personas, se perpetuó.

Hace falta recalcar el papel de los medios en esta marcada manipulación de masas donde la máxima “divide y conquistarás” parece haber encontrado su aplicación. La división se dio a nivel celular, individuo por individuo. Dirigidos por multinacionales y holdings de países centrales, neoliberales y capitalistas a ultranza, los medios instauran el miedo para ejercer una ideología de dominación. El remedio elegido ha sido el consumo, la satisfacción inmediata y efímera de las pseudo necesidades instauradas su píldora.

Pero si el gran dios de la Modernidad que es el mercado estuviese viviendo momentos de agonía, ¿Qué haríamos con ese miedo que nos dejaron? Perdida la esperanza en la racionalidad y abandonados en un mundo hostil, el ser humano se está volcando cada vez más hacia la fe. Pero traducida en fundamentalismo religioso.

En el mundo se percibe el surgimiento de fundamentalismos judío, protestante, católico y musulmán. Y en estos casos asistimos a otro tipo de manipulación, donde la adhesión de creyentes se traduce en fuerza política (e incluso militar en algunos casos).

Sólo queda tener la esperanza de que pueda generarse una conciencia más colectiva, que se traduzca en cambios relevantes y concretos sobre el rol del hombre en la sociedad. La objetividad sobre los sucesos mundiales, nacionales y locales pueden ser una herramienta importante en este sentido y el rol social del periodismo puede ser la mano que articule esa herramienta, o que al menos la oriente.

La esperanza se encuentra en el terreno de lo concreto, del cambio posible, pero no es nada sin la fe en el hombre que propicie ese cambio.

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La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para que sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar. (Eduardo Galeano)

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