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“Dave… Dave… My mind is going… I can feel it… My mind is going… There is no question about it… I’m a… fraid…”

Disorder refleja a mi entender toda la escencia de una banda como tantas destinada a dar el ejemplo y a desaparecer; a descartar el éxito y marcar un quiebre generacional. A fines de los setentas las guitarras inglesas dejarían de ser incendiarias y virtuosas gracias a Clapton y su crema de rock, batida entre academia de música y delta del Mississipi, para convertirse en navajas. En navajas de doble filo, frías y rápidas como el acero.

En Joy Division la navaja está siempre presente, en canciones como Disorder, Transmission y Shadowplay, la reconozco siguiendo el pulso de la yugular marcado por el bajo de Hook. Pulsaciones desaforadas de un corazón que no logra desprenderse del cerebro que las guía y controla. La batería de Stephen Morris es el cuerpo de cada canción, es lo que envuelve todo y da sentido al todo. Aunque no haya sentido en lo absoluto.

Las letras son Ian Curtis e Ian Curtis es el cerebro y es la razón de ser y de dejar de ser. Es la razón en estado puro, libre de toda sensibilidad esta razón es desencanto. Las emociones y sentimientos en este caso son pasajeros y después … después verás. No importan, ni siquiera por otro día más.

Rodrigo Fresán eligió una escena de 2001 Odisea del Espacio como la mejor de todas las que vió. Yo, en cambio, más modesto y limitado en mis observaciones que el prolífico y talentoso snob de Radar, elijo una canción y un video anónimo.

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