Morirse es una costumbre
September 11, 2008

-No hay mal que dure cien años. ¿Pero si durara ochenta? ¿Sesenta? Treinta años serían suficientes para padecer hasta mi muerte, eso seguro. Treinta. Al menos no pierdo el optimismo-. Pensaba Manuel mientras caminaba con paso cansino a pagar sus deudas en el banco, y después hasta el bar en que Alba lo esperaba; resignado con lo que él creía era su destino, su suerte.
Cultivaba, además de algunos yuyos, la creencia de que, cuando las cosas no andan bien (o se cruzan los astros y todo eso) seguramente es porque algo peor viene en camino. Por esto lo único que crecía era la apatía y el desasosiego. También los yuyos, pero ese es otro tema.
Caminando sus problemas por una vereda rota reparó en una moneda de un peso en el piso y cortando el hilo de sus cavilaciones pensó en voz alta “¡Qué culo!”, sin percatarse en la atlética pareja que marchaba al gimnasio, un metro por delante de el. Tanto la chica de calzas blancas como su novio de musculosa con músculos se dieron vuelta con marcada cara de culo.
Sólo el novio lo golpeó.
Con la cabeza a punto de estallar y una mezcla de ardor y comezón en la mejilla derecha se levantó y siguió su marcha. Ya una vez se había ido a las manos, a los diez años, y la verdad no fue demasiado. Pegó primero y por sorpresa, y ahí terminó todo. Ahora es distinto, ahora te tienen que ver pelear los otros y tienen que filmarte con el teléfono. Hay que ser bien hombre para aguantar y dar los golpes, pero también bien hombre para dar bien en cámara.
-Creo que ese me grabó con el celular- se dijo mientras miraba hacia atrás, retomando el paso. -Pendejo de mierda.
A dos cuadras del banco, pero a metros del bar, distinguió a Alba sentada cerca de la ventana. Hablaba por teléfono y reía. Hasta parecía sonrojada por algo picaresco que le estarían diciendo (o al menos eso eligió creer). Las dos mejillas de Manuel se prendieron fuego. Era demasiado por hoy, demasiado revuelto todo. A la mierda el banco.
Dobló en la esquina del bar y no entró, siguió caminando hasta dar la vuelta a la manzana. Volvía a su casa. En el camino ensayaba excusas pensando en lo sucedido como si hubiese que arreglar todo como, si hubiese vuelta atrás. Pero no la había, no para él, no hoy. Todo estaba decidido y quizás se daba cuenta a medida que avanzaba, paso a paso.
Consternado miró a un perro sucio que se le atravesó ladrando a más no poder y se cruzó de vereda. No vio a las tres gitanas que paraban gente para adivinar suerte, pedir cigarrillos o asustar tomándolos de las mangas, obligando a detenerse. Las gitanas, metidas en sus cosas, hablando un dialecto incomprensible, se cruzaron también de vereda. Cruzaron al territorio del perro mugriento que ahora se lamía tirado al borde del cordón.
Nada de esto lo desconcertó. ¿Serían señales? Que importa. Todo terminaría pronto, todo dejaría de tener el mínimo sentido.
Subió rápido a su departamento y supo que no habría vuelta atrás. El bar y Alba, el banco, los atléticos, las gitanas, el perro y la sucesión de hechos que no entraron en el cuadro del almanaque que correspondía a este frío 5 de julio lo llevaban a resolver la situación que lo acechaba. El destino compartido de morirse, nada de otro mundo. Nada más que el otro mundo.
¿Qué es la muerte, sino una costumbre que sabe tener la gente?
Sacó el revolver de su funda, y apoyando el caño frío en la sien, martilló. Era el adiós a la vida, esa cosa tan de siempre, tan amarga y conocida*. Pero el arma no quiso, no quiso la suerte o solo la casualidad, dejar a Manuel decidir. ¿Cargar el revolver era mucho pedir?
*La Milonga de Manuel Flores, Jorge Luis Borges. Sin permiso ni licencia, salvo la de su humilde servidor de inspirarse en un grande.
una mancha más
August 29, 2008

Según presumo -asumo o imagino y no ostento, alardeo o me ufano- este simulacro de diario o carpeta de recortes goza de singular atractivo para gente perdida en internet o afín al ocio. Realmente dudo que lo vertido en esta hoja sinfín o plétora de intrascendencia pueda atraer a algún otro aparte de mi persona, hasta ahora en cuatro meses sólo distinguí dos comentarios, que si bien no son el fin último del blog sí sirven para no estar tan solo.
Nada más digo que en cuatro meses y diez míseros posts En el centeno registra más de 600 visitas, lo que equivale aproximadamente a 12 colectivos de larga distancia, un partido de Flandria o a las seguidoras de Sandro un 19 de agosto. No es poco.
De repasar Franny y Zooey, el libro bisagra e introductorio de Salinger a la familia Glass, a releer capítulos enteros de Paul Auster o ver que dan en el cable por la tarde, los días se acortan por el tiempo que roba la costumbre. La vida diaria atenta contra este blog. Las obligaciones contractuales, los horarios y la burocracia hacen de la vida un tránsito (lento) vacío de estímulos, en busca de calma y serenidad.
Jactarse de correcta ortografía, académica gramática y amplio vocabulario o buscar y revolver ideas privadas sobre aspectos de la vida que poco importan a muchos no pueden dar forma a nada. No alcanza. El tema es qué viene antes, ¿la forma o la función? ¿deben ir juntas? ¿acaso importa? Lo único que queda es seguir escribiendo hasta abajo, donde se termina la página y volver a empezar. Cómo un acto reflejo, o peor, como un tic.
Esa es la elección de un supuesto redactor, cubrir el blanco aunque sólo sea ensuciando. A Pollock le dio resultado.
Elevator gooooing up!
July 11, 2008

Subo al ascensor de mi edificio y antes de poder presionar PB el aparato sube (el ascensor … ) hasta el onceavo piso. La puerta se corre violentamente y entra un tipo flaco, de mi misma edad aproximadamente y vestido con ropa de outlet, como cualquier hijo de vecino. El corte de pelo era muy parecido al del pibe que limpia vidrios en la esquina de San Luis y Vélez, y la remera tenía unas inscripciones en inglés sin sentido y con alguna falta ortográfica. Llevaba una campera de un equipo deportivo, con capucha y con el cierre abierto. Saludó y la respuesta casi no me sale. Cuando estiró el brazo para cerrar la puerta vi asomarse una 9 mm en su axila.
No se dió cuenta de que la vi y mientras se miraba en el espejo más sucio desde la terminal de omnibus hasta acá, me empieza a preguntar que cómo va todo, que si empecé con las vacaciones o qué estudio. De lo más normal y educado. ¿Trabajás? pregunta. Sí respondo tan automático como la 9, y pregunto: ¿vos?
Soy policía.
Respiro. Risa nerviosa y “menos mal, apenas subiste y vi el arma te iba a decir que soy un pésimo escudo humano”.
Risas. Vergüenza y “perdón, no me di cuenta, en serio … Voy de civil porque estoy en narcóticos”
Todo bien. Sano y salvo escucho que me dice que vive en el 11 D y que si necesito algo que le avise.
Lo voy a pensar.