El eterno
May 13, 2008

Me confieso seguidor de los comics, de las historietas, del noveno arte o como quieran llamarle, pero no soy un fanático obsesivo que sabe de números de ediciones, fechas y demás - como el gordo de los Simpsons -. Debo tener algún tipo de asunto irresuelto en mi niñez o algo así porque me atraen bastante las historietas, los dibujos animados y los video juegos. Soy casi un infante en ese sentido. Mi cuerpo por ahora se niega a envejecer demasiado, parezco bastante más joven de lo que soy. Pero no tanto, medio como Mirtha Legrand que tiene como noventa pero parece de setenta y ocho. Pero vamos, tampoco soy tan infantil. Puedo ser muy maduro cuando quiero, de acuerdo a determinadas situaciones o circunstancias me sumo un par de sotas. Ninguna conservadora o chapada a la antigua, no crean. Un viejo con buena onda a lo sumo, no como Chiquita sino más bien como Michael Caine en Niños del Hombre.
Soy tan infantil como Holden Caulfield. O eso quisiera.
En fin, hablaba de los comics y de cómo se puede ser infantil en lo que respecta a gustos por la gráfica y todo eso. Creo que esta disciplina resulta tan cercana y familiar como los primeros dibujos del jardín de infantes. Personas y objetos retratados en acciones o fijos con flechas que indicaban palabras o nombres. Todo lo inanimado representando a lo animado pero librado a la imaginación. Es lo básico del asunto lo que atrae. Y las historias, por supuesto, las historias.
Entre Patoruzú y Iron Man hay años luz en la vida del comic y no se trata precisamente de evolución. Podría juntar toda la saga de Superman y jamás superaría en originalidad a Asterix.
Por encima de todo, Juan Salvo. El Eternauta.
En fin. Todavía estoy revisando los horarios para ver Iron Man. Incluso tengo entradas gratis y todo; buena gente que me acompañe también. El cine está a dos cuadras de casa, una y media por el callejón conocido como Pasaje Garzón. Es decir, a dos cuadras de Tony Stark/Robert Downey Jr. (el mejor casteado de los superhéroes en la historia de los superhéroes en el cine), del mejor tema (a mi gusto, obvio) de Black Sabbath y de la siempre agradable Gwyneth Paltrow. Pero no. Dilato mi ida por vagancia o lo que sea. Y sin embargo me entusiasma más la idea de ver en el cine la historieta de Oesterheld, con la invasión a Buenos Aires y el refugio en el Monumental y los Ellos y todo lo demás, porque me enteré hoy que Lucrecia Martel, la directora “intimista” de La Ciénaga y La Niña Santa afirmó estar trabajando en la adaptación del Eternauta al cine.
Una locura. Una noticia que se viene repitiendo hace años sólo cambiando de nombres.
Los comics se están comiendo el cine a más no poder. Y cansa. Cansa sobre todo porque son pocas las adaptaciones como la gente y son pocos los buenos comics adaptables.
Son muchos los niños como yo, eso sí.
La Modernidad, al fin
May 1, 2008

Cuando en el mundo se vislumbra la sombra de una gran crisis de la civilización (sobre todo occidental), y la gente acosada por el miedo busca refugio en las religiones, parece indicar que la era de la razón se acerca a su fin.
La fe en la ciencia y el progreso que configuraran utopías sociales, económicas y políticas (principalmente estas últimas), típicas de la Modernidad son hoy sólo el recuerdo de cierto optimismo en las capacidades del hombre. Si habláramos de Posmodernidad hablaríamos entonces del fracaso de la Modernidad.
El marcado y justificado individualismo configuró una sociedad vacía de sentido, desencantada de su entorno pero aún lejana a cuestionar causas o consecuencias. El nuevo hombre, el actual, se refugia en la insatisfacción que ha generado la cultura del mercado y el liberalismo. La razón lo ha dejado solo con su desencanto, donde esa soledad pareciera ser el aspecto más gravitante.
El Relativismo es resultado inmediato de esta crisis, donde no hay una verdad absoluta y ésta depende de cada individuo en un espacio, tiempo concreto o intereses. Lo subjetivo impera por sobre lo objetivo, y esa subjetividad puede ser fácilmente moldeable. El sistema capitalista mundial sobrevivió porque supo adaptarse a todo tipo de cambios y principalmente porque supo modificar ese espacio y ese tiempo; modificó el entorno de acuerdo a sus intereses. La manipulación se hizo moneda corriente y a través de la implantación de pseudo necesidades y de la narcotización de las personas, se perpetuó.
Hace falta recalcar el papel de los medios en esta marcada manipulación de masas donde la máxima “divide y conquistarás” parece haber encontrado su aplicación. La división se dio a nivel celular, individuo por individuo. Dirigidos por multinacionales y holdings de países centrales, neoliberales y capitalistas a ultranza, los medios instauran el miedo para ejercer una ideología de dominación. El remedio elegido ha sido el consumo, la satisfacción inmediata y efímera de las pseudo necesidades instauradas su píldora.
Pero si el gran dios de la Modernidad que es el mercado estuviese viviendo momentos de agonía, ¿Qué haríamos con ese miedo que nos dejaron? Perdida la esperanza en la racionalidad y abandonados en un mundo hostil, el ser humano se está volcando cada vez más hacia la fe. Pero traducida en fundamentalismo religioso.
En el mundo se percibe el surgimiento de fundamentalismos judío, protestante, católico y musulmán. Y en estos casos asistimos a otro tipo de manipulación, donde la adhesión de creyentes se traduce en fuerza política (e incluso militar en algunos casos).
Sólo queda tener la esperanza de que pueda generarse una conciencia más colectiva, que se traduzca en cambios relevantes y concretos sobre el rol del hombre en la sociedad. La objetividad sobre los sucesos mundiales, nacionales y locales pueden ser una herramienta importante en este sentido y el rol social del periodismo puede ser la mano que articule esa herramienta, o que al menos la oriente.
La esperanza se encuentra en el terreno de lo concreto, del cambio posible, pero no es nada sin la fe en el hombre que propicie ese cambio.
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La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para que sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar. (Eduardo Galeano)