Cada familia es un mundo
January 24, 2009

Como células de la sociedad, como partes individuales de algo más grande, las familias me recuerdan a los pueblos chicos que abundan en la Argentina: son todos iguales entre sí, incluso en eso de creerse distintos. Por ende, que cada familia sea un mundo me suena a falacia.
Las familias también se repiten, se copian incluso a sí mismas, sin darse cuenta o aún sabiéndolo. Generalmente cuando ya es tarde para reconocer el patrón. No voy a ponerme a filosofar ni a hacerme el metafísico, no se me da. Leí a Borges, todavía lo leo y eso del tiempo circular es aterrador. Pero porque puede ser cierto, sigan los patrones, van a ver.
Estoy seguro que si el mismo tipo que descubrió el genoma humano no se hubiese vendido a las corporaciones farmacéuticas o al diablo (que seguro son en sí, lo mismo) quizás se podría haber develado una conexión en los genes o en los cromosomas, una secuencia en el ADN o algo que comprobara definitivamente que en general todos, absolutamente todos, somos una gran y disfuncional familia sin figura paterna.
Ahora, la que presenta Douglas Coupland en su novela Todas las familias son psicóticas es el motivo de este palabrerío. La historia increíble de los Drummond en Florida, donde se reúnen hijos, padres, ex maridos y ex esposas, nuevos maridos y nuevas esposas, sirve para reflejar un sinnúmero de situaciones cotidianas, triviales y vacías, pero también intensas y complejas, cargadas de humor negro en una especie de relato tragicómico y fantástico. Lo interesante de este asunto es que estas escenas llevadas al límite de lo absurdo y lo fantástico revelan que no sólo todas las familias tienen algo en común, porque el autor-narrador omnisciente propicia la identificación (tan simple como que todos somos hijos, padres, tíos, hermanos y abuelos en algún momento ¿no?), sino que frente a la identificación o comparación con los Drummond también podemos ver, al menos un poco, cuán psicótica es la propia.
Agrego por si interesa un link con la sinopsis del libro
http://www.lecturalia.com/libro/23489/todas-las-familias-son-psicoticas
soundtrack
December 15, 2008
Es tan increíble darse cuenta la cantidad de dolor que puede soportar una persona,
más aún,
es realmente abrumador que algunos sepan ver una descomunal y devastadora belleza en el dolor.
Se necesita mucha fuerza para aguantarlo.
Para aguantarlo y ser gentil y amable.
A ver quién puede.
Morirse es una costumbre
September 11, 2008

-No hay mal que dure cien años. ¿Pero si durara ochenta? ¿Sesenta? Treinta años serían suficientes para padecer hasta mi muerte, eso seguro. Treinta. Al menos no pierdo el optimismo-. Pensaba Manuel mientras caminaba con paso cansino a pagar sus deudas en el banco, y después hasta el bar en que Alba lo esperaba; resignado con lo que él creía era su destino, su suerte.
Cultivaba, además de algunos yuyos, la creencia de que, cuando las cosas no andan bien (o se cruzan los astros y todo eso) seguramente es porque algo peor viene en camino. Por esto lo único que crecía era la apatía y el desasosiego. También los yuyos, pero ese es otro tema.
Caminando sus problemas por una vereda rota reparó en una moneda de un peso en el piso y cortando el hilo de sus cavilaciones pensó en voz alta “¡Qué culo!”, sin percatarse en la atlética pareja que marchaba al gimnasio, un metro por delante de el. Tanto la chica de calzas blancas como su novio de musculosa con músculos se dieron vuelta con marcada cara de culo.
Sólo el novio lo golpeó.
Con la cabeza a punto de estallar y una mezcla de ardor y comezón en la mejilla derecha se levantó y siguió su marcha. Ya una vez se había ido a las manos, a los diez años, y la verdad no fue demasiado. Pegó primero y por sorpresa, y ahí terminó todo. Ahora es distinto, ahora te tienen que ver pelear los otros y tienen que filmarte con el teléfono. Hay que ser bien hombre para aguantar y dar los golpes, pero también bien hombre para dar bien en cámara.
-Creo que ese me grabó con el celular- se dijo mientras miraba hacia atrás, retomando el paso. -Pendejo de mierda.
A dos cuadras del banco, pero a metros del bar, distinguió a Alba sentada cerca de la ventana. Hablaba por teléfono y reía. Hasta parecía sonrojada por algo picaresco que le estarían diciendo (o al menos eso eligió creer). Las dos mejillas de Manuel se prendieron fuego. Era demasiado por hoy, demasiado revuelto todo. A la mierda el banco.
Dobló en la esquina del bar y no entró, siguió caminando hasta dar la vuelta a la manzana. Volvía a su casa. En el camino ensayaba excusas pensando en lo sucedido como si hubiese que arreglar todo como, si hubiese vuelta atrás. Pero no la había, no para él, no hoy. Todo estaba decidido y quizás se daba cuenta a medida que avanzaba, paso a paso.
Consternado miró a un perro sucio que se le atravesó ladrando a más no poder y se cruzó de vereda. No vio a las tres gitanas que paraban gente para adivinar suerte, pedir cigarrillos o asustar tomándolos de las mangas, obligando a detenerse. Las gitanas, metidas en sus cosas, hablando un dialecto incomprensible, se cruzaron también de vereda. Cruzaron al territorio del perro mugriento que ahora se lamía tirado al borde del cordón.
Nada de esto lo desconcertó. ¿Serían señales? Que importa. Todo terminaría pronto, todo dejaría de tener el mínimo sentido.
Subió rápido a su departamento y supo que no habría vuelta atrás. El bar y Alba, el banco, los atléticos, las gitanas, el perro y la sucesión de hechos que no entraron en el cuadro del almanaque que correspondía a este frío 5 de julio lo llevaban a resolver la situación que lo acechaba. El destino compartido de morirse, nada de otro mundo. Nada más que el otro mundo.
¿Qué es la muerte, sino una costumbre que sabe tener la gente?
Sacó el revolver de su funda, y apoyando el caño frío en la sien, martilló. Era el adiós a la vida, esa cosa tan de siempre, tan amarga y conocida*. Pero el arma no quiso, no quiso la suerte o solo la casualidad, dejar a Manuel decidir. ¿Cargar el revolver era mucho pedir?
*La Milonga de Manuel Flores, Jorge Luis Borges. Sin permiso ni licencia, salvo la de su humilde servidor de inspirarse en un grande.